jueves, 10 de enero de 2013

Ojo de Halcón y el milagro de Amairani (2ª Parte)

"...kono kaoru kaze ni kirakeyo
                    Sore: Ichi, ni, san!"

- Aaah, ¡qué mañana tan espléndida! - Corrió rápidamente las cortinas y una ráfaga de viento tumbó varias revistas dispuestas en fila, encima de la mesa que se situaba detrás de ella, mesa en la que había pasado horas y horas trabajando para su nuevo proyecto en la revista del instituto. Su nueva obra de arte, un nuevo shōnen en el que llevaba meses y meses dejándose la piel. Había hecho decenas de bocetos y ya tenía fijados los que iba a entintar, después se los pasaría a su amigo del alma, Salva, para que aplicara las tramas necesarias. Estaba convencida de que esta vez la Shōnen Jump requeriría de sus servicios. A ella no parecía importarle nada más.

Cogió la esterilla que enrollada con mucho cuidado guardaba todos los días debajo de la cama, la estiró con fuerza y se descalzó para acto seguido alzarse sobre ésta al ritmo de una ruidosa voz que sólo decía "ichi, ni, san! ichi, ni, san!" de forma constante y en un tono desagradablemente agudo.

Tras los ejercicios matutinos bajó corriendo las escaleras.

- Hija, vas a llegar tarde a tu primer día de clase. Y a ver si dejas de escuchar esa música japonesa tan rara, que te estás volviendo muy rara, ¿no te estarás haciendo una de esas emos raras de ahora, no?

- Okaa-san! No digas tonterías. Yo soy una chica totalmente normal, es sólo que tengo un gusto diferente al resto pero eso no me hace ser peor que las demás. Si acaso soy mucho mejor, que mi gusto es exquisito.

- Mira niña, coge algo para desayunar y tira p'al instituto que te voy a dar un guantazo que vas a llegar hace dos horas. Como llegues tarde verás la que te espera. Tira ya p'al insti. Y otra cosita, a mí me hablas bien que no te quiero volver a escuchar idioteces, aquí se habla castellano, ¿estamos?.

- Sí, mamá. ¡Me voy a clase!

Ya en el instituto corrió directa a la clase que le tocaba, pegó a la puerta y esperó.

El profesor la hizo pasar indicándole con la cabeza un asiento vació al fondo de clase mientras le profesaba un odio profundo por haberle hecho interrumpir la clase. Pero ella se quedó de pie y susurrándole al profesor al oído le hizo una petición. El profesor accedió con un notable resoplido, se sentó en su asiento y la dejó hablar:

- Buenos días, mi nombre es Muriel, soy aries y mi número de la suerte es el 8. Espero ser una buena compañera, gracias.

miércoles, 9 de enero de 2013

Ojo de Halcón y el milagro de Amairani (1ª Parte)

"¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAHHHH!!!"

Auria corría sin parar, saltaba cada piedra, esquivaba cada árbol que se le ponía en su camino. Notaba sus venas arder, su pecho latir y sus músculos se tensaban intensamente. Con cada respiración, cada movimiento, preparaba su cuerpo para estar a plena capacidad.
Había llegado ya a la planicie de donde creyó que había salido aquel grito. No había nada más que oscuridad y un poco de humareda. Pensó entonces que probablemente habían acampado por la zona recientemente. Otro grito se escuchó cercano. Puso el cuerpo en tensión y volvió a correr como si la llevase el diablo, el pelo parecía gritarle en su propio idioma pero lo único que conseguía era mecer el cabello largo y dorado del que Auria siempre había estado orgullosa. Al final alcanzó una espesura y atisbó una bestia enorme, nunca vista antes por el hombre. Debajo de ésta había una chica tapándose la cara con los brazos.
Auria no cesó de correr mientras veía aquella escena que se plantaba delante de sus ojos, mientras corría analizaba cada elemento de su alrededor, y corría, y corría y de repente tomó impulso desde una de las altas piedras que por allí se recostaban y mientras se mantenía en el aire cerró los ojos y con una seguridad inimaginable atravesó la cabeza de la bestia de lado a lado, ésta rugió de dolor y en un vano intento de atrapar a Auria tropezó consigo mismo, cayendo de bruces al suelo. Auria, que poseía una gran destreza, consiguió zafarse antes de que la bestia cayera y clavarle la última estocada en el pecho. Pero la chica, a que no le había dado tiempo de ver nada, no consiguió reaccionar a tiempo, quedando una de sus piernas atrapadas debajo de la masa sanguinolenta de la bestia.

martes, 4 de diciembre de 2012

La fidelidad.

Bueno, muchas son las veces que he intentado explicar el por qué soy una mujer fiel y mucha la gente que no se entera. Para empezar, yo no sé qué espera la gente cuando tiene pareja, no lo entiendo.

Veréis, cuando yo tengo pareja resulta que, curiosidades de la vida, estoy con esa persona porque quiero tener "algo" con él, construir algo, un futuro juntos, una vida. Soy perfectamente consciente de que a estas alturas de la vida una pareja puede durar un fin de semana o un año o cinco o veinte o lo que dura un caramelo en la puerta del colegio pero eso no significa que si tengo una relación con una persona, no me la tome en serio. Cuando tengo pareja quiero que hagamos cosas juntos, pensar que tenemos futuro.
Cuando me gusta, cuando quiero a alguien, soy incapaz de imaginarme un futuro sin esa persona. Por supuesto, nada garantiza que, en el futuro, esa persona vaya a seguir a tu lado pero qué gracia tiene vivir con miedo. Yo disfruto imaginando que esa persona estará a mi lado dentro de un año, de dos, de tres, disfruto pensando que, a lo mejor, algún día me pide que me vaya a vivir con él, por ejemplo. Para qué tenemos pareja si no es para vivir la vida juntos, para querer y dejarse ser querido (algo que a veces cuesta), para confiar el uno en el otro, para apoyarse por las cosas malas y alegrarse por las buenas, etc. Desde luego para lo que yo no tengo pareja es para acostarme con otros.

Es verdad que soy un bicho raro en muchos aspectos, puede que en este, concretamente, lo sea también pero cuando estoy con alguien que me gusta no tengo ojos para nadie más, es decir, no es que le tenga como a un dios, para nada, simplemente es que estoy contenta con esa persona, porque si me gusta el físico de una persona no tengo que fijarme en el físico de los demás. Ciega no estoy, puedo ver si alguien es guapo o "está bueno" (o lo que yo considero como tal) pero la cuestión es que yo no me fijo en los otros, si alguien me pregunta puedo opinar perfectamente pero no les veo "sexualmente atractivos".
Es decir, no es que yo no ponga los cuernos porque "hay que me pilla y con lo bien que estoy se lía parda" o "está to bueno el otro pero buhhh es que como me piiiilleeee" ni cosas así. Lo único que pasa es que si yo estoy con alguien pues estoy con alguien; porque cuando alguien me gusta o le quiero es cuestión del corazón y no sé vosotros pero yo a mi corazón siempre le escucho, así que no es una cuestión de "quiero y no puedo" es una cuestión de "aunque pueda no quiero", nunca he necesitado a nadie más mas que a la persona que tenía a mi lado. Es verdad que me he equivocado muchas veces de persona con la que querer formar una pareja real y tal y que cuando te engañan te arrepientes de no haberle puesto los cuernos tú a él, de no haber sido tu la mala y de ser tú la que lo pase mal y siempre te dices que al próximo le joderás vivo y le pondrás todos los cuernos que puedas sin importarte lo más mínimo pero la cuestión es que a la próxima pareja que tengas eres incapaz de hacerle eso porque le  quieres, porque te gusta y porque no hay otro tío para ti. O al menos eso es lo que suele pasarme, claro que también resulta que nunca se quiere ni te gusta nadie de la misma forma siempre, el sentimiento puede ser el mismo pero la intensidad no. Aunque yo soy muy tonta, a mí me gusta guiarme más por el corazón que por la cabeza, quizás porque así me sienta más viva, aunque también el corazón juega malas pasadas.

martes, 20 de noviembre de 2012

Melisa y su sombra (1ª Parte)


La oscuridad envolvía cada rincón de la casa, notaba la dificultad para percibir las cosas. La sangre se agolpaba en las sienes, el aire parecía insuficiente, miles y miles de ideas pasaban por su mente como fugaces meteoritos estrellándose contra la tierra, destruyendo todo al paso.

Melisa siempre había tenido dificultades para dormir, de noche su cabeza era un volcán burbujeando ideas, escupiendo miedos que salpicaban cada gramo de cordura de su mente, ella sufría porque no podía parar de pensar. No era una persona muy lista, había tomado muchas decisiones erróneas a lo largo de su vida y no se daba mucha cuenta de lo que pasaba en el mundo, hecho que la hacía bastante ingenua. Pero ella era feliz así, viviendo en una determinada ignorancia. Claro que, de noche, cuando más tiempo a solas consigo tenía era cuando se preguntaba qué estaba haciendo con su vida, lo peor es que no era sólo ese tipo de preguntas las que solía hacerse. Realmente le preocupaba mucho más el ahora inmediato, la gente cercana (o la ausencia de ella), etc.

Horas se pasaba preguntándose qué había pasado para haberse quedados sin amigos, sin gente que se preocupase por ella, sola. Y no lo entendía muy bien, no era una chica que fuese con maldad, nunca hería intencionadamente los sentimientos de nadie y, si lo hacía, era la primera en sentirse mal y disculparse. A veces parecía que vivía más para el resto que para sí misma. Siempre intentaba caer bien, sin dejar de ser ella. Simplemente intentaba dar lo mejor de ella pero le resultaba frustrante, ya que nunca recibía lo que esperaba. Sus amigos siempre le aconsejaban que no esperase nada de nadie y que no hiciese nada para recibir lo mismo y eso ella lo entendía.
 Melisa era una persona a la que le gustaba dar cariño y que se lo diesen, así que cuando daba un beso, un abrazo o se abría por un instante y te hablaba sobre sus sentimientos esperaba algo a cambio, porque era una persona que cuando posaba cierta confianza en ti y se abría esperaba que tú también te abrieses a ella pero hay gente muy reservada en esta vida y para ella eso era duro, porque tampoco era una persona que comentase sus sentimientos así como así, por lo que cuando lo hacía y la otra persona era incapaz de abrirse (o simplemente no quería) ella se sentía muy triste.

Una de esas preguntas era sobre por qué cuando ella decidía confiar en alguien y abrirse (normalmente cuando sentía algo por un hombre), la otra persona era incapaz de contar nada, se preguntaba si era porque ella sentía algo y ésta otra persona no o si es que no confiaba en ella o si simplemente él sabía que a ella no le iba a gustar lo que tuviera para contar y optaba por el silencio.


Por supuesto ella siempre acaba pensando lo peor; cuando se trataba sobre una amiga pensaba que ésta ya no la quería ver más porque era aburrida, quizás algo engreída, impertinente o por miles de cosas más, cada una peor que la anterior. Si se trataba de un tío la cosa cambiaba, Melisa tendía a pensar que el tío la había utilizado, o quizás ella había pedido demasiado, o quizás ella... en fin, siempre se autoinculpaba de practicamente todo. No podía evitarlo, ella sabía que algo fallaba y siempre había creído que ese algo era ella, pensaba que no encajaba en este mundo. No le gustaban las personas, había tenido mucha vida social en el pasado pero nunca se había sentido a gusto y ahora que nadie la quería lo echaba de menos. Pero no echaba de menos el hecho de salir de fiesta rodeada de gente, echaba de menos el hecho de que alguien la echase de menos a ella, de que se preocupasen por ella, porque en el fondo es lo que toda mujer quiere, que se preocupen por nosotras, que quieran cuidarnos.

Melisa no era nada fuera de lo común respecto a lo que buscaba en un hombre, de hecho era una persona sumamente clásica en muchos aspectos. Le gustaban las flores frescas, sobre todo las rosas blancas, también le gustaban los bombones; una vez al año se compraba una "caja roja de Nestle", sus bombones preferidos, para disfrutarlos aunque nadie la quisiera, aunque nadie la cuidase. Por eso Melisa valoraba mucho cierto tipo de detalles en un hombre, valoraba el hecho de que los hombres se preocupasen por ella o no y hasta qué punto, si la cuidaban, las prioridades de  éstos (si preferían salir con sus amigos o con ella), el nivel de implicación (si le presentaba a compañeros de trabajo, amigos, conocidos, etc. o, por contra, la excluía de su vida social, manteniéndola al margen), también se cuidaba mucho con las palabras, lo que decía, lo que realmente quería decir, lo que callaba y, por tanto, no sentía o no pensaba, etc. Melisa siempre pensaba en todo, quizás una de sus perdiciones, porque acertaba en la inmensa mayoría de los casos. Melisa se había vuelto una persona solitaria, dejó de saber estar con la gente, dejó de sentir lástima por las personas que le rodeaban, dejo de creer en el amor y eso fue algo que le hizo sentir vacía, ya no latía el corazón cuando veía a una pareja besarse, cuando veía a unos amantes palpar por debajo de la ropa. Dejo de creer en sí misma, dejó de creer que sería la media naranja de alguien, que sería la madre de los hijos de alguien, dejó de pensar en los besos, los abrazos y las miradas de ternura que le profesaría al hombre que quisiera pasar con ella el resto de su vida. Se cerró tanto en sí misma que se perdió.

Melisa se levantó, se colocó en el sillón y miró intranquila a la cama, como si hubiese algo extraño allí, después se fijó en la sombra que proyectaban sus pies descalzos, le parecían feos, pensaba que hasta la sombra era fea. Fijó la vista en el espejo y miró detenidamente la sombra que proyectaba recostada en el sillón, como una señora mayor que ha vivido mucho y quiere morir en paz, como una persona gris con un oscuro futuro, como el resto de vino en una copa, sabiendo que ya nadie va a querer mojar sus labios en él. Y la sombra se movió.


domingo, 28 de octubre de 2012

Feliz.

Y cuando pensaba que todos los tíos eran unos hijos de pu** y que ninguno merecía ningún esfuerzo, conozco a uno que me hace pensar lo contrario, ¡maldito! Con lo feliz que era odiando a la humanidad. Y diréis, ¿cuándo? ¿cómo? ¿dónde? Pues resulta que ya le conocía de antes pero de estas veces que te juntas con cierto tipo de gente (de ese tipo de gente con la que te das cuenta de que no pintas ná) y piensas que ni ellos ni los colegas se van a fijar en ti para nada y andas por ahí en plan andrógena-asexual. Total, que un día de Feria: ¡zas, zas, lanza rayos!
Y al poco pues nos empezamos a ver de forma más asidua.

Es verdad que no nos conocemos mucho; tampoco se han dado muchas circunstancias como para ver diferentes tipos de reacciones, por lo que es normal que en algunos aspectos no nos conozcamos apenas. Pero lo poco que le conozco me gusta bastante. Es un hombre con el que puedes hablar tranquilamente, además es cariñoso, atento, guapo y transmite confianza. No sé, pero es la primera vez que se me da bien confiar en alguien, normalmente no confío ni en mi sombra, porque ya me la han jugado más de una vez y por tonta pues una cae y confía. Pero no se le ve una persona con maldad, una persona a la que no le importe hacer daño, no, todo lo contrario. Se preocupa por mí y eso siempre es de agradecer. Yo también me preocupo por él, y en ocasiones, más de lo que quisiera. No por nada, si no porque quizás cada vez me sienta mejor con él y eso, en parte, me de cada vez más miedo.


El miedo es algo común, que toda persona tiene en algún momento de su vida, yo tengo miedo últimamente a casi todo. No soy una persona con una alta autoestima y, sinceramente, cuando veo lo que vale este hombre y lo que soy yo hay cosas que no entiendo. Es decir, un tío de 30 y tantos, con trabajo, viviendo sólo, etc. y yo, una tía de 25 que sigue viviendo con sus padres, no tiene trabajo (ni muchas oportunidades de conseguir uno) y que todavía no sabe ni qué estudiar. Por no hablar de lo infantil que soy la mayor parte del tiempo y de la ansiedad que padezco, que hace que me piense todo mil veces y me tenga que dar cabezazos contra la pared para no decir tonterías de las que me acabaría arrepintiendo.

Quizás sea verdad que yo me como mucho la cabeza pero no dejo de tener razón, la realidad es la realidad, por lo que no entiendo qué ve una persona con una vida medio hecha en una persona con una vida hecha mierda. Es verdad que no somos una pareja, estamos de rollo, sí, pero aún así sigo sin entenderlo, porque sinceramente, creo que yo no estaría ni de rollo con un tío como yo.

Pero pese a todo, es un tío que merece la pena tener a tu lado, aunque sea de rollo, aunque el mes que viene se acabe cansando o conozca a otra persona y se acabe todo, porque creo que hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto, tan feliz y, en parte, también hacía mucho que no tenía tanto miedo a perder lo poco que tengo. Por eso merece la pena esforzarme en controlar la ansiedad, en buscar trabajo, en aclararme en lo que quiero estudiar o no, etc.
Me gustan muchas cosas suyas, algunas caras que pone, lo tímido que se pone a veces, la carilla acangrejada que se le pone y cómo habla cuando bebe; las caricias, los abrazos, lo besos, el sexo (y el sexo para mí es muy importante), la forma de pensar en muchos aspectos de la vida, la empatía que tiene, etc. Además, me hace sentir guapa y deseada y eso siempre gusta.

Pienso que es un tío maravilloso, quizás más adelante mi opinión cambie, pero por ahora es un tío del que una no podría quejarse aunque quisiera y que me hace sentir muy bien, muy feliz. Y para mí eso es lo que cuenta.




sábado, 28 de julio de 2012

La pequeña Sofí

El sol de la mañana acariciaba su rostro mientras ella se balanceaba una y otra vez en aquel columpio oxidado. Aquel columpio que la estaba viendo crecer, en el parque donde su madre la llevaba todos los fines de semana para que se despejara de todos los problemas que tenía en el colegio y en su casa.

Era una niña bastante introvertida, veía a sus compañeros de clase como una pandilla de ignorantes, no sabían nada acerca del mundo que les rodeaba. Ella con apenas 11 años ya había aprendido a dominar tres idiomas; el inglés, el francés y el latín. Éste último era una lengua muerta sí, pero le servía para escribir su diario secreto. De hecho no era tan secreto, ya que lo dejaba siempre encima del escritorio de su habitación pero como estaba en perfecto latín nadie se enteraba de nada.
Había perdido a su padre a la edad de 4 años y su madre había hecho todo lo posible por inculcarle de alguna forma un recuerdo de su padre, de aquel hombre que siempre le compraba golosinas cuando él, por cuestiones de trabajo, llegaba un día o dos después de la fecha indicada. A Sofí, siempre le gustaba que su padre le leyese cuentos antes de irse a dormir. Un día o dos antes de volver su padre llamaba a casa para decir la fecha concreta de llegada y Sofí la señalaba en su calendario; ese día se quedaba despierta hasta que su padre volvía y le leía un cuento. Pero cuando no llegaba a tiempo, la pequeña Sofí, se mantenía despierta toda la noche pensando que su padre podía llegar de un momento a otro y que si la encontraba dormida no le leería su cuento y si no le lee el cuento ella no soñaría consigo misma y su padre, agarrados de la mano, caminando juntos por el parque en el que ella juega ahora cada fin de semana.
Si había algo que consiguiese consolar a la pequeña Sofí eran las golosinas, como a cualquier niño de su edad le encantaban las golosinas pero a ella en particular le fascinaban las formas y colores; se preguntaba cómo podían haber ositos rojos o amarillos o verdes, se preguntaba cómo podían hacer tanto ruido en su boca unos caramelos tan pequeñitos, de dónde sacaban tanta leche las vacas para hacer cartones y cartones de leche y que los mercados pudiesen venderlos. De hecho se preguntaba muchas cosas continuamente.

En este momento, mientras sentía cómo cogía velocidad balanceo tras balanceo, se preguntaba qué pasaría si saltaba cuando alcanzase el punto más álgido que pudiese alcanzar un columpio. ¿Podría llegar al cielo? ¿o su cuerpo movido por la gravedad le haría estrellarse contra el suelo? Desde luego las cosas que se preguntaba no era de una niña de once años, al menos no de una niña normal. Siempre había tenido curiosidad por todo. Por la muerte, por la vida... pero no era algo a lo que le tuviese miedo, lo veía cada día. Veía plantas muertas, fruta podrida, guerras en todas partes del mundo, siempre había visto el mundo como algo caótico, donde lo único seguro era la muerte. Así que había asumido que tardara más o menos iba a acabar muriéndose. Esperaba que más tarde que temprano.
Empezó a coger cada vez más impulso, mientras el columpio se elevaba más y más, y cada vez más alto. Llegó un punto en que tuvo la sensación de que el columpio iba a girar sobre sí mismo y fue en ese momento exacto, justo cuando su estómago le pidió que hiciera paso para dejar pasar el almuerzo, cuando ella se impulsó una vez más y saltó del columpio hacia el cielo.
Notó como su cuerpo se separaba del columpio, notó cada centímetro de su vestido separándose de la superficie porosa del columpio, pensó en caminar sobre el aire pero no podía; en cambio sí que podía volar, sentía como se elevaba cada vez más alto. Sentía los rayos del sol sobre su rostro, sentía cómo se bañaba en una piscina de luz y calor, cada vez más luz y más calor. Empezó a sudar, gotas de sudor resbalan por su frente. Parecía eterna aquella subida...
De pronto, aquella luz del astro rey se volvió blanca y de esa luz surgió una sombra. Un hombre, que se dirigía recto hacia ella y la llamaba por su nombre - Sofí, Sofí, cariño. Soy yo, soy papá. Cariño, mírame bien -, ella quería girar el rostro hacía atrás pero recordó que ella a donde quería ir era hacia delante, hacia arriba concretamente. Así que cogío fuerzas y miró, miró aquel rostro. Era exactamente igual al que su madre le había enseñado en fotos, pero tenía algo distinto, tenía la mirada triste. De repente, aquel hombre la abrazó y le dijo:
- Cariño, has venido. Has conseguido venir, pero ahora mismo no te toca estar aquí, no es tu hora. No puedo decirte lo que hay en el lugar del que vengo pero puedo asegurarte que no es nada malo, disfruta de todo cuanto puedas y sigue como hasta ahora; sin mirar atrás. Cariño, me alegro de verte, te quiero, adiós -. Y acto seguido la sombra de aquel hombre se desvaneció, ella sintió un calor inconmensurable en su corazón y sintío como caía, caía con tal delicadeza que decidió dormir un poco, sentía la necesidad de dormir. Horas más tardes se despertó en su cuarto, rodeada de su madre y sus dos tías. Todas hablando entre sí y suspirando. Cuando por fin consiguió abrir los ojos sin que sufriera con la luz de la habitación, su madre, que no se había separado de ella en toda la semana, empezó a dar gritos de alegría haciendo de dominio público el despertar de su hija. Sofí, por otra parte, se extrañó de la expectación que había causado su sueño y preguntó a qué se debía tal alteración, fue entonces cuando los presentes le explicaron que hacía una semana, cuando estaba jugando en el columpio, hubo un momento en el que resbaló del columpio y se dió un golpe fuerte en la cabeza. El doctor había dicho que probablemente no se despertaría pero como estaba viendo sí que lo hizo.
Cuando Sofí explicó lo que realmente había pasado todos se rieron, todos excepto su madre. Sus tías le explicaron que eso fue producto de los medicamentos e inyecciones que el doctor le había procurado pero que nada de eso había sido real. Sofí en cambia sabía que sí, que todo había sido muy real y cuando se lo contó a su madre en circunstancias más íntimas, ésta empezó a llorar y entre soñozos le explicó a Sofí que había soñado con su padre hacía unos días y que, en sueños, éste le dijo que no se preocupara por Sofí que estaba bien y que de un momento a otro despertaría como si nada. Desde entonces madre e hija estuvieron más unidas que nunca y visitaban cada semana aquel columpio que tanto había hecho por su relación.

jueves, 26 de julio de 2012

La triste historia de una historia triste

Érase una vez un escritor triste, en un solitario estudio, de la zona céntrica de su gris ciudad. Un día de cielo nublado, decidió sentarse junto a su televisor, para ver si viendo algún programa del corazón le venía de repente la inspiración, su musa desnuda, que hiciera que brotaran de él palabras de dura crítica social y a su vez rememorar tiempos pasados.
Durante un par de horas estuvo viendo tales programas, notaba cómo el cerebro empezaba a disminuir poco a poco, haciéndose cada vez más pequeños esos miles de filamentos neuronales que conectaban unos pensamientos con otros produciéndole un colapso mental. La pérdida de todo atisbo de lógica.


Ya no eran dos sino cuatro las horas que llevaba viendo aquel programa. De pronto se encontraba balbuceando cosas sin sentido como: "¡qué puta es la Bermúdez ésta!"...
El programa acabó, él se levantó y se dirigió a su mesa, abrió el portátil, se dispuso a escribir la mejor novela de su vida. Iría de algo triste, pues se sentía triste, desganado. Comenzó a darle vueltas, necesitaba encontrar un tema, después un comienzo y un final, y un nexo entre ambos.

Lo tenía claro, el tema sería su vida.

Hasta la fecha todo le había salido mal. Se divorció dos veces; habiéndolo perdido todo. Perdió su casa, después el coche, después la custodia de su hija Alisa y de su hijo Moriel, de dieciséis y cuatro años respectivamente. Perdió las ganas de trabajar, las ganas de vivir. Hasta que un día encontró una especie de relato corto en una libreta perdida, dentro de una de sus múltiples cajas marrón grisacéas carcomidas por el paso del tiempo y el esfuerzo del olvido. La caligrafía era conocida para él... y tanto, como que era suya. Recordó haber escrito un pequeño relato sobre la corta vida de un pez en una bañera, lo que le hizo ponerse a pensar. Le entró el gusanillo de la literatura, empezó a empaparse de libros sobre cómo escribir novelas, comenzó a leer todo tipo de novelas hasta poder definir el tipo de novela que él quería hacer. Entonces lo tuvo claro, simplemente quería plasmar sus ideas, sus sentimientos, su vida.

Nuestro simpático escritor se puso a pensar sobre su vida, sobre cómo había llegado hasta aquel estudio vacío, sin recuerdos, no tenía nada excepto una foto de una familia feliz... Entonces volvió a tenerlo claro, necesitaba un giro dramático para su novela. Abrió el cajón más polvoriento de su mesa, cogió el revolver, giró la silla y mirando aquella fotografía, aquel recuerdo, apoyó la pistola sobre sus labios. No tuvo valor, cerró los ojos y disparó. Y a la luz de la televisión, aquella familia feliz vió cómo la sangre se desparramo por el suelo, llenando aquella tenue luz de la pantalla de su portátil...