Érase una vez un escritor triste, en un solitario estudio, de la zona
céntrica de su gris ciudad. Un día de cielo nublado, decidió sentarse
junto a su televisor, para ver si viendo algún programa del corazón le
venía de repente la inspiración, su musa desnuda, que hiciera que
brotaran de él palabras de dura crítica social y a su vez rememorar
tiempos pasados.
Durante un par de horas estuvo viendo tales
programas, notaba cómo el cerebro empezaba a disminuir poco a poco,
haciéndose cada vez más pequeños esos miles de filamentos neuronales que
conectaban unos pensamientos con otros produciéndole un colapso mental.
La pérdida de todo atisbo de lógica.
Ya no
eran dos sino cuatro las horas que llevaba viendo aquel programa. De
pronto se encontraba balbuceando cosas sin sentido como: "¡qué puta es
la Bermúdez ésta!"...
El programa acabó, él se levantó y se
dirigió a su mesa, abrió el portátil, se dispuso a escribir la mejor
novela de su vida. Iría de algo triste, pues se sentía triste,
desganado. Comenzó a darle vueltas, necesitaba encontrar un tema,
después un comienzo y un final, y un nexo entre ambos.
Lo tenía claro, el tema sería su vida.
Hasta
la fecha todo le había salido mal. Se divorció dos veces; habiéndolo
perdido todo. Perdió su casa, después el coche, después la custodia de
su hija Alisa y de su hijo Moriel, de dieciséis y cuatro años
respectivamente. Perdió las ganas de trabajar, las ganas de vivir.
Hasta que un día encontró una especie de relato corto en una libreta
perdida, dentro de una de sus múltiples cajas marrón grisacéas
carcomidas por el paso del tiempo y el esfuerzo del olvido. La
caligrafía era conocida para él... y tanto, como que era suya. Recordó
haber escrito un pequeño relato sobre la corta vida de un pez en una
bañera, lo que le hizo ponerse a pensar. Le entró el gusanillo de la
literatura, empezó a empaparse de libros sobre cómo escribir novelas,
comenzó a leer todo tipo de novelas hasta poder definir el tipo de
novela que él quería hacer. Entonces lo tuvo claro, simplemente quería
plasmar sus ideas, sus sentimientos, su vida.
Nuestro
simpático escritor se puso a pensar sobre su vida, sobre cómo había
llegado hasta aquel estudio vacío, sin recuerdos, no tenía nada excepto
una foto de una familia feliz... Entonces volvió a tenerlo claro,
necesitaba un giro dramático para su novela. Abrió el cajón más
polvoriento de su mesa, cogió el revolver, giró la silla y mirando
aquella fotografía, aquel recuerdo, apoyó la pistola sobre sus labios.
No tuvo valor, cerró los ojos y disparó. Y a la luz de la televisión,
aquella familia feliz vió cómo la sangre se desparramo por el suelo,
llenando aquella tenue luz de la pantalla de su portátil...
No hay comentarios:
Publicar un comentario