jueves, 26 de julio de 2012

La triste historia de una historia triste

Érase una vez un escritor triste, en un solitario estudio, de la zona céntrica de su gris ciudad. Un día de cielo nublado, decidió sentarse junto a su televisor, para ver si viendo algún programa del corazón le venía de repente la inspiración, su musa desnuda, que hiciera que brotaran de él palabras de dura crítica social y a su vez rememorar tiempos pasados.
Durante un par de horas estuvo viendo tales programas, notaba cómo el cerebro empezaba a disminuir poco a poco, haciéndose cada vez más pequeños esos miles de filamentos neuronales que conectaban unos pensamientos con otros produciéndole un colapso mental. La pérdida de todo atisbo de lógica.


Ya no eran dos sino cuatro las horas que llevaba viendo aquel programa. De pronto se encontraba balbuceando cosas sin sentido como: "¡qué puta es la Bermúdez ésta!"...
El programa acabó, él se levantó y se dirigió a su mesa, abrió el portátil, se dispuso a escribir la mejor novela de su vida. Iría de algo triste, pues se sentía triste, desganado. Comenzó a darle vueltas, necesitaba encontrar un tema, después un comienzo y un final, y un nexo entre ambos.

Lo tenía claro, el tema sería su vida.

Hasta la fecha todo le había salido mal. Se divorció dos veces; habiéndolo perdido todo. Perdió su casa, después el coche, después la custodia de su hija Alisa y de su hijo Moriel, de dieciséis y cuatro años respectivamente. Perdió las ganas de trabajar, las ganas de vivir. Hasta que un día encontró una especie de relato corto en una libreta perdida, dentro de una de sus múltiples cajas marrón grisacéas carcomidas por el paso del tiempo y el esfuerzo del olvido. La caligrafía era conocida para él... y tanto, como que era suya. Recordó haber escrito un pequeño relato sobre la corta vida de un pez en una bañera, lo que le hizo ponerse a pensar. Le entró el gusanillo de la literatura, empezó a empaparse de libros sobre cómo escribir novelas, comenzó a leer todo tipo de novelas hasta poder definir el tipo de novela que él quería hacer. Entonces lo tuvo claro, simplemente quería plasmar sus ideas, sus sentimientos, su vida.

Nuestro simpático escritor se puso a pensar sobre su vida, sobre cómo había llegado hasta aquel estudio vacío, sin recuerdos, no tenía nada excepto una foto de una familia feliz... Entonces volvió a tenerlo claro, necesitaba un giro dramático para su novela. Abrió el cajón más polvoriento de su mesa, cogió el revolver, giró la silla y mirando aquella fotografía, aquel recuerdo, apoyó la pistola sobre sus labios. No tuvo valor, cerró los ojos y disparó. Y a la luz de la televisión, aquella familia feliz vió cómo la sangre se desparramo por el suelo, llenando aquella tenue luz de la pantalla de su portátil...

No hay comentarios:

Publicar un comentario