El sol de la mañana acariciaba su rostro mientras ella se balanceaba
una y otra vez en aquel columpio oxidado. Aquel columpio que la estaba
viendo crecer, en el parque donde su madre la llevaba todos los fines de
semana para que se despejara de todos los problemas que tenía en el
colegio y en su casa.
Era una niña bastante
introvertida, veía a sus compañeros de clase como una pandilla de
ignorantes, no sabían nada acerca del mundo que les rodeaba. Ella con
apenas 11 años ya había aprendido a dominar tres idiomas; el inglés, el
francés y el latín. Éste último era una lengua muerta sí, pero le servía
para escribir su diario secreto. De hecho no era tan secreto, ya que lo
dejaba siempre encima del escritorio de su habitación pero como estaba
en perfecto latín nadie se enteraba de nada.
Había perdido a su
padre a la edad de 4 años y su madre había hecho todo lo posible por
inculcarle de alguna forma un recuerdo de su padre, de aquel hombre que
siempre le compraba golosinas cuando él, por cuestiones de trabajo,
llegaba un día o dos después de la fecha indicada. A Sofí, siempre le
gustaba que su padre le leyese cuentos antes de irse a dormir. Un día o
dos antes de volver su padre llamaba a casa para decir la fecha concreta
de llegada y Sofí la señalaba en su calendario; ese día se quedaba
despierta hasta que su padre volvía y le leía un cuento. Pero cuando no
llegaba a tiempo, la pequeña Sofí, se mantenía despierta toda la noche
pensando que su padre podía llegar de un momento a otro y que si la
encontraba dormida no le leería su cuento y si no le lee el cuento ella
no soñaría consigo misma y su padre, agarrados de la mano, caminando
juntos por el parque en el que ella juega ahora cada fin de semana.
Si
había algo que consiguiese consolar a la pequeña Sofí eran las
golosinas, como a cualquier niño de su edad le encantaban las golosinas
pero a ella en particular le fascinaban las formas y colores; se
preguntaba cómo podían haber ositos rojos o amarillos o verdes, se
preguntaba cómo podían hacer tanto ruido en su boca unos caramelos tan
pequeñitos, de dónde sacaban tanta leche las vacas para hacer cartones y
cartones de leche y que los mercados pudiesen venderlos. De hecho se
preguntaba muchas cosas continuamente.
En este momento,
mientras sentía cómo cogía velocidad balanceo tras balanceo, se
preguntaba qué pasaría si saltaba cuando alcanzase el punto más álgido
que pudiese alcanzar un columpio. ¿Podría llegar al cielo? ¿o su cuerpo
movido por la gravedad le haría estrellarse contra el suelo? Desde luego
las cosas que se preguntaba no era de una niña de once años, al menos
no de una niña normal. Siempre había tenido curiosidad por todo. Por la
muerte, por la vida... pero no era algo a lo que le tuviese miedo, lo
veía cada día. Veía plantas muertas, fruta podrida, guerras en todas
partes del mundo, siempre había visto el mundo como algo caótico, donde
lo único seguro era la muerte. Así que había asumido que tardara más o
menos iba a acabar muriéndose. Esperaba que más tarde que temprano.
Empezó
a coger cada vez más impulso, mientras el columpio se elevaba más y
más, y cada vez más alto. Llegó un punto en que tuvo la sensación de que
el columpio iba a girar sobre sí mismo y fue en ese momento exacto,
justo cuando su estómago le pidió que hiciera paso para dejar pasar el
almuerzo, cuando ella se impulsó una vez más y saltó del columpio hacia
el cielo.
Notó como su cuerpo se separaba del columpio, notó cada
centímetro de su vestido separándose de la superficie porosa del
columpio, pensó en caminar sobre el aire pero no podía; en cambio sí que
podía volar, sentía como se elevaba cada vez más alto. Sentía los rayos
del sol sobre su rostro, sentía cómo se bañaba en una piscina de luz y
calor, cada vez más luz y más calor. Empezó a sudar, gotas de sudor
resbalan por su frente. Parecía eterna aquella subida...
De
pronto, aquella luz del astro rey se volvió blanca y de esa luz surgió
una sombra. Un hombre, que se dirigía recto hacia ella y la llamaba por
su nombre - Sofí, Sofí, cariño. Soy yo, soy papá. Cariño, mírame bien -,
ella quería girar el rostro hacía atrás pero recordó que ella a donde
quería ir era hacia delante, hacia arriba concretamente. Así que cogío
fuerzas y miró, miró aquel rostro. Era exactamente igual al que su madre
le había enseñado en fotos, pero tenía algo distinto, tenía la mirada
triste. De repente, aquel hombre la abrazó y le dijo:
- Cariño,
has venido. Has conseguido venir, pero ahora mismo no te toca estar
aquí, no es tu hora. No puedo decirte lo que hay en el lugar del que
vengo pero puedo asegurarte que no es nada malo, disfruta de todo cuanto
puedas y sigue como hasta ahora; sin mirar atrás. Cariño, me alegro de
verte, te quiero, adiós -. Y acto seguido la sombra de aquel hombre se
desvaneció, ella sintió un calor inconmensurable en su corazón y sintío
como caía, caía con tal delicadeza que decidió dormir un poco, sentía la
necesidad de dormir. Horas más tardes se despertó en su cuarto, rodeada
de su madre y sus dos tías. Todas hablando entre sí y suspirando.
Cuando por fin consiguió abrir los ojos sin que sufriera con la luz de
la habitación, su madre, que no se había separado de ella en toda la
semana, empezó a dar gritos de alegría haciendo de dominio público el
despertar de su hija. Sofí, por otra parte, se extrañó de la expectación
que había causado su sueño y preguntó a qué se debía tal alteración,
fue entonces cuando los presentes le explicaron que hacía una semana,
cuando estaba jugando en el columpio, hubo un momento en el que resbaló
del columpio y se dió un golpe fuerte en la cabeza. El doctor había
dicho que probablemente no se despertaría pero como estaba viendo sí que
lo hizo.
Cuando Sofí explicó lo que realmente había pasado todos
se rieron, todos excepto su madre. Sus tías le explicaron que eso fue
producto de los medicamentos e inyecciones que el doctor le había
procurado pero que nada de eso había sido real. Sofí en cambia sabía que
sí, que todo había sido muy real y cuando se lo contó a su madre en
circunstancias más íntimas, ésta empezó a llorar y entre soñozos le
explicó a Sofí que había soñado con su padre hacía unos días y que, en
sueños, éste le dijo que no se preocupara por Sofí que estaba bien y que
de un momento a otro despertaría como si nada. Desde entonces madre e
hija estuvieron más unidas que nunca y visitaban cada semana aquel
columpio que tanto había hecho por su relación.
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